Ladyhawke
Naverre miraba por la ventana abierta de su universo el nuevo mensaje escrito, irradiaba sentimientos en cada frase, ternura envuelta en seda, en terciopelo rosa, en almíbar.
¿De quién son las palabras?
Cuando establecía conexión, ella ya se había ido, siempre era así.
Viajando por el mundo de las palabras, leyó un mensaje un día en un escondido rincón de un escondido orbe internacional al cual se asomaba buscando, huyendo de su soledad, un ratito ameno para olvidar, olvidar. Y creyó que ese mensaje dejado en la botella era para él.
Isabel descansaba. Dormía sueños de Emperatriz mientras Naverre leía su prosa.
No había brujas malas ni hechiceros malvados para trazar conjuros de separación, no, no existían magos que le convirtieran en lobo al caer la noche, ni duendes que la transfiguraran a ella en halcón, no, había únicamente una Diosa, la del espacio, la del destino, la que les separaba. Fácil de eludir, fácil de transgredir las reglas de la separación.
Al fin de cuentas, Australia e Inglaterra formaban parte del mismo planeta conocido y las nuevas tecnologías hacían posible cualquier cosa, cualquiera, incluso el haber llegado a conocerse sin conocerse.
Cuando el parpadeo del cursor sobre la pantalla del ordenador, en la página en blanco del papel digital le sonreía, invitándole a mancillar la virgen blancura de su tersura con el volcado de sus letras y caracteres, exhortándole a teclear palabra tras palabra, frase tras frase, hasta rellenar aquella despoblada albura, aquel desierto, con sus quiméricas historias, Naverre tecleaba su nick, Wolf, y escribía largas parodias de si, sutilmente disfrazadas de realidad y dejaba colgado al final, de despedida, un beso y una rosa. Cuando Isabel despertara podría leerle y podría reir, llorar, y hasta odiarle y cabrearse por sus palabras.
Naverre empezó como cada día, Hello Basileia, today Australia is
Basileia era su último nombre inventado para ella, inventado no, plagiado de un libro : ¡Qué mentiroso!, pensé, al tiempo que daba un silencioso suspiro de alivio. Ni Basíleia hubiera podido traducirse jamás por «mujer digna» ni, desde luego, era una palabra común en Bizancio, ya que su sentido literal era «Emperatriz» o «Princesa» , habían existido otros apodos, dulces y melosos, que el tiempo había difuminado, tal vez por monotonía, quizá por no ser adecuados, por olvido a veces.
El olvido era la lejanía.
Y la lejanía era lo que les unía.
Borró, reescribió, releyó lo escrito tropecientas veces, cienes de letras cambiaron de sitio para quedar perfilado el mensaje que otros ojos verían cuando él descansara, durmiendo sueños de lobo cazando sombras.
Isabel encendió el monitor, abrió el mensaje de la botella y sonrió, le gustaba el último nombre, Basileia. Londres estaba muy frío en esa tarde de otoño, la niebla no dejaba vez nada, ni las luces de las farolas recién encendidas, a través de los cristales de la ventana. Un blanco sucio y húmedo se extendía sobre la ciudad. Pensó en Australia, allá la oscuridad lo invadiría todo también, pero en la noche, allá donde Naverre, Wolf, dormía soñando con sombras.
Cuando ella era Basileia de día, era tiempo de dormir para él.
Cuando él era Wolf de día, ella dormía.
Ella era Lady, otra veces, Hawke, y casi siempre Ladyhawke. Al terminar de leer la carta cibernética, el mensaje cifrado en sutilezas, dejó escapar un suspiro.
¿De quién son los suspiros?
Cerró los ojos y viajó muy lejos, y penetró en los sueños de un durmiente, allá en Melbourne, apoderándose de ellos y volando, cual ave libre, por encima de su cabeza, por encima del océano, por encima de los acantilados rocosos, donde un lobo trotaba lanzando dentelladas al aire, a la par que intentaba dar caza a la sombra Inocente- del halcón que sobre el suelo se proyectaba, sin saber que era sombra y era sueño.
Al abrir los ojos, ella exhaló un nuevo suspiro, buscó un poema de Rafael Alberti y lo dejó de respuesta al mensaje. Cuando él despertara, en la noche de ella y Lady disfrutara de sus ratos oníricos, descansando en su lecho de otoño, sabría que no se había marchado, sabría que seguía a su lado, aunque sin estarlo, acompañándole.
Una referencia:
Título de la película : Lady Halcón.
En una época de magia y aventuras, una leyenda heroica y sobrenatural relata la diabólica venganza del Obispo de Aquila que a consecuencia de una traición, jura impedir el amor de Navarre e Isabel. Apoderándose de las fuerzas del mal, lanza sobre la pareja un terrible hechizo: ella se convertirá en halcón durante el día y él en un acechante lobo gris por la noche... Eternamente unidos y separados, encontrarán un aliado en la persona de Philippe que les ayudará a conjurar la maldición del obispo.
Director: Richard Donner
Intérpretes : Matthew Broderick, Rutger Hauer, Michelle Pfeiffer
¿De quién son las palabras?
Cuando establecía conexión, ella ya se había ido, siempre era así.
Viajando por el mundo de las palabras, leyó un mensaje un día en un escondido rincón de un escondido orbe internacional al cual se asomaba buscando, huyendo de su soledad, un ratito ameno para olvidar, olvidar. Y creyó que ese mensaje dejado en la botella era para él.
Isabel descansaba. Dormía sueños de Emperatriz mientras Naverre leía su prosa.
No había brujas malas ni hechiceros malvados para trazar conjuros de separación, no, no existían magos que le convirtieran en lobo al caer la noche, ni duendes que la transfiguraran a ella en halcón, no, había únicamente una Diosa, la del espacio, la del destino, la que les separaba. Fácil de eludir, fácil de transgredir las reglas de la separación.
Al fin de cuentas, Australia e Inglaterra formaban parte del mismo planeta conocido y las nuevas tecnologías hacían posible cualquier cosa, cualquiera, incluso el haber llegado a conocerse sin conocerse.
Cuando el parpadeo del cursor sobre la pantalla del ordenador, en la página en blanco del papel digital le sonreía, invitándole a mancillar la virgen blancura de su tersura con el volcado de sus letras y caracteres, exhortándole a teclear palabra tras palabra, frase tras frase, hasta rellenar aquella despoblada albura, aquel desierto, con sus quiméricas historias, Naverre tecleaba su nick, Wolf, y escribía largas parodias de si, sutilmente disfrazadas de realidad y dejaba colgado al final, de despedida, un beso y una rosa. Cuando Isabel despertara podría leerle y podría reir, llorar, y hasta odiarle y cabrearse por sus palabras.
Naverre empezó como cada día, Hello Basileia, today Australia is
Basileia era su último nombre inventado para ella, inventado no, plagiado de un libro : ¡Qué mentiroso!, pensé, al tiempo que daba un silencioso suspiro de alivio. Ni Basíleia hubiera podido traducirse jamás por «mujer digna» ni, desde luego, era una palabra común en Bizancio, ya que su sentido literal era «Emperatriz» o «Princesa» , habían existido otros apodos, dulces y melosos, que el tiempo había difuminado, tal vez por monotonía, quizá por no ser adecuados, por olvido a veces.
El olvido era la lejanía.
Y la lejanía era lo que les unía.
Borró, reescribió, releyó lo escrito tropecientas veces, cienes de letras cambiaron de sitio para quedar perfilado el mensaje que otros ojos verían cuando él descansara, durmiendo sueños de lobo cazando sombras.
Isabel encendió el monitor, abrió el mensaje de la botella y sonrió, le gustaba el último nombre, Basileia. Londres estaba muy frío en esa tarde de otoño, la niebla no dejaba vez nada, ni las luces de las farolas recién encendidas, a través de los cristales de la ventana. Un blanco sucio y húmedo se extendía sobre la ciudad. Pensó en Australia, allá la oscuridad lo invadiría todo también, pero en la noche, allá donde Naverre, Wolf, dormía soñando con sombras.
Cuando ella era Basileia de día, era tiempo de dormir para él.
Cuando él era Wolf de día, ella dormía.
Ella era Lady, otra veces, Hawke, y casi siempre Ladyhawke. Al terminar de leer la carta cibernética, el mensaje cifrado en sutilezas, dejó escapar un suspiro.
¿De quién son los suspiros?
Cerró los ojos y viajó muy lejos, y penetró en los sueños de un durmiente, allá en Melbourne, apoderándose de ellos y volando, cual ave libre, por encima de su cabeza, por encima del océano, por encima de los acantilados rocosos, donde un lobo trotaba lanzando dentelladas al aire, a la par que intentaba dar caza a la sombra Inocente- del halcón que sobre el suelo se proyectaba, sin saber que era sombra y era sueño.
Al abrir los ojos, ella exhaló un nuevo suspiro, buscó un poema de Rafael Alberti y lo dejó de respuesta al mensaje. Cuando él despertara, en la noche de ella y Lady disfrutara de sus ratos oníricos, descansando en su lecho de otoño, sabría que no se había marchado, sabría que seguía a su lado, aunque sin estarlo, acompañándole.
Una referencia:
Título de la película : Lady Halcón.
En una época de magia y aventuras, una leyenda heroica y sobrenatural relata la diabólica venganza del Obispo de Aquila que a consecuencia de una traición, jura impedir el amor de Navarre e Isabel. Apoderándose de las fuerzas del mal, lanza sobre la pareja un terrible hechizo: ella se convertirá en halcón durante el día y él en un acechante lobo gris por la noche... Eternamente unidos y separados, encontrarán un aliado en la persona de Philippe que les ayudará a conjurar la maldición del obispo.
Director: Richard Donner
Intérpretes : Matthew Broderick, Rutger Hauer, Michelle Pfeiffer
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